Noche blanca.




I.


Los hechos sucedidos cinco años atrás, me hubieran hecho pensar que jamás tendría la oportunidad de contar una historia de amor vivida por mi propia persona.
Un joven de veintitrés años de edad, muere en el quirófano de uno de los hospitales más prestigiosos de la ciudad. Había ingresado para realizarse una operación de columna que no representaba mayor riesgo. La autopsia reveló que la muerte fue a causa de una extraña bacteria que el joven había adquirido en plena cirugía.
En cuanto la noticia se corrió por lo medios, el pánico comenzó a cundir en la ciudad. Cada día comenzaron a aparecer más muertos en el hospital. Los recién nacidos de esa época, regresaban enfermos a solo un día de su salida del hospital. La bacteria se esparció rápidamente por diversas partes del mundo. Actuaba veloz en el organismo y su constante evolución volvía casi imposible la realización de una cura.
Cuando la tercera parte de la población del planeta estaba infectada, las autoridades de salud comenzaron a actuar como dictadura. Nadie podía salir de su casa si máscara anti-gases, guantes de látex y ropa abrigada; se creía que la bacteria estaba en el aire.
En aquel momento, papá y mamá, pasaban todo el día encerrados conmigo en su habitación. Si aquello era el fin del mundo, teníamos que estar juntos.
Las cosas aun tenían que empeorar. Las calles se volvieron inmensos pasillos en los que solo el viento transitaba. Conforme los meses pasaron, los restaurantes se volvieron un mito, las salas de cine pasaron a ser agrandes almacenes de medicina, y los centros comerciales, no eran más que viejos edificios abandonados.
Un anuncio emitido por televisión, resultó ser el final del mundo que yo había conocido hasta mis 14 años. –El virus puede alojarse en la piel externa del ser humano y contagiarse con el contacto físico entre las personas.
Mamá y papá dejaron de tocarse. Dejaron de tocarme. Comenzamos a dormir en habitaciones separadas y a evitar cualquier tipo de contacto. Las televisoras cerraron y los canales se transformaron en machas blancas sobre el monitor. La gente dejó de brindarse apoyo, de reunirse para hablar sobre las medidas de prevención. El mundo se transformó en algo mecánico y monótono.
La única realidad que se podía conocer era la virtual. Salas de chat repletas de personas intentando comunicarse con otros. Ciber-visitas al museo en costosas sesiones. Compra de mascotas cibernéticas, casas virtuales para recibir a tus amigos y fotomontajes de vacaciones inexistentes en el mar. Ya ni siquiera recordaba el olor a mar.
Sin darnos cuenta, habíamos sentenciado a nuestra propia raza. Sin contacto, no había sexo; sin sexo, no había nuevas generaciones. No existía el amor, no existían los padres, y estábamos lejos de recordar lo que eran los sentimientos.



II.


Cinco años viviendo así, me había hecho olvidar por completo las emociones. No conocía otra caricia más que la de mis propias manos y no sabía lo que era mirar a los ojos de otros.
Después de que mamá tocara la puerta de mi cuarto para dejarme la charola de mi comida en el suelo, volví a la computadora. Aquel día me había pasado el tiempo intentando recordar cómo se sentía la lluvia en la cara.
–Hola –se abrió la ventana de conversación en el chat. No di gran importancia al saludo de un extraño, sucedía todos los días.
No escribí ninguna respuesta. Seguí comiendo mi sopa de fideos y leyendo el reportaje especial sobre la muralla china.
– ¿Te han cortado los dedos para que no respondas? –insistió el extraño que se hacía llamar: “Otto22”. De pronto mi sensibilidad despertó, sentí que mi comportamiento indiferente era reproblable.
–Lo siento, no estaba pendiente de la conversación –me excusé, para no tener que confesar mi falta de interés.
Lo siguiente fue una larga platica en la que tocamos el tema de la edad; él 22, yo 19. También hablamos del sol que no recordábamos, del campo que nunca habíamos visto y de la falta de contacto con nuestros respectivos padres.
Julio era su verdadero nombre. Como el mes. Ana era mi nombre, y cuando se lo dije, él escribió: –Supongo que es el destino –yo estaba muy lejos de entender a que se refería.
En los días posteriores a nuestro casual encuentro, Julio y yo hablamos del pasado de nuestras familias, cuando el mundo era diferente. Los padres de él habían tenido tiendas de ropa en diversos centros comerciales. Mis padres solían tener una cafetería en el centro. Ahora ambas familias se dedicaban al oficio del mundo, el diseño virtual.
Pronto surgió entre Julio y yo una gran atracción, un magnetismo que se resistía a ser simplemente la estática frente al monitor.
–Veámonos en persona ¬–Propuso sin tapujos–. Tenemos derecho a descubrir que sucede con nosotros frente a frente.
No estaba prohibido salir a la calle, había gente que lo hacía con las medidas de seguridad adecuada. Pero yo tenía miedo, no recordaba lo que era el nerviosismo de estar frente a alguien desconocido. Me aterraba la idea de que algo saliera mal y la bacteria se colara a mi organismo.
–Nos encontraremos en el viejo centro comercial de Lopez, frente al monumento del jabalí –Insistió Julio. Terminé por aceptar.
Aquella tarde, salí de casa con mi máscara y mis guantes. No les dije nada a mis padres, ellos estaban encerrados en sus respectivas habitaciones.
Caminé a solas por aquellas calles que no habían cambiado en lo más mínimo. El aire soplaba con fuerza y yo intentaba no sentir claustrofobia por la máscara de gases. Miré poca gente en mi trayecto, abundaban los perros callejeros y las palomas que habían perdido el miedo de andar por las calles.
En más de dos ocasiones, pensé en regresar a mi casa y olvidar la cita. Finalmente, en medio de confusiones y nerviosismos, llegué al monumento del jabalí. Julio me esperaba ahí. Alto, delgado, pálido y de cabello oscuro. Apenas podía ver el color de sus ojos negros, detrás de las gafas de la máscara. Sonrió. Me saludó con un movimiento de mano y dijo – ¿Cómo te encuentras?
Era la primera vez en cinco años que escuchaba la voz de alguien que no fuera mis padres.
Nos sentamos al pie del jabalí. Platicamos de cosas que ya habíamos hablado por medio del chat, pero ahora todo era diferente, tenía un sentido distinto. No podía comparar la frialdad del monitor, contra los altibajos y la emoción en su tono de voz. Las horas transcurrieron como si fueran agua en coladera.
–Amo el cine –dijo Julio, mientras miraba el viejo cine “Gastón”, frente a nosotros–. ¿Quieres ver una película?
–Está clausurado –le recordé. Julio se levantó y extendió su mano para que le diera la mía.
–Te voy a enseñar mi pequeño secreto –insistió en que le diera la mano. Choqué mi guante de látex contra el de él y me levanté del suelo. Julio me dirigió hasta la parte trasera del edificio del cine y me enseñó un pequeño hueco en el muro. Se introdujo en él y me invitó a hacer lo mismo.
Con asombro, me encontré frente a un inmenso y maravilloso cine, completamente vacio y repleto de polvo. La luz lograba colarse entre los ventanales y me permitía apreciar los viejos carteles que colgaban de las paredes. Julio me explicaba que sus padres habían sido dueños del local antes de la clausura y que por eso conocía el cine a la perfección. Me dirigió hasta una sala, la única que según él funcionaba. Me indico donde sentarme y me pidió que lo esperará mientras echaba a andar el proyector.
–Solo tengo esta película, la he visto cientos de veces –me advirti󬬖. Me encanta.
La pantalla se puso azul y una melodía romántica comenzó a sonar. Mientras los créditos aparecían, Julio tomó asiento junto a mí. La música fue suplantada por el sonido del viento y el titulo de la película se hizo presente: “Los amantes del círculo polar”. Un periódico escapa de las manos de alguien, una chica corría sin sentido y un par de ojos llenaban la pantalla.
–Es bueno que las vidas tengan varios cirulos…
Ahí estábamos. Dos jóvenes, con mascarilla anti-gases cubriéndonos el rostro. Mirando en la gran pantalla el cohibido amor entre Ana y Otto. Ella era parecida a mí, al menos en el nombre. Otto era valiente como Julio. Nuestras manos fueron víctimas de la emoción que la película transmitía. Terminamos uniendo el látex y presionando con fuerza nuestras palmas.
No pude evitar derramar una lágrima cuando vi a Ana sentada frente al sol de media noche. Libre de guantes, máscaras y ataduras; disfrutando de aquello que el mundo regalaba y que ahora se negaba para mí.
Sucedió un momento de arrebato. El látex no era suficiente para mí y para Julio. Impulsivamente, nos quitamos los guantes, nos dimos la mano y un estruendo recorrió nuestro cuerpo al sentir el contacto de otra piel. Mi corazón comenzó a latir con fuerza y casi podía escuchar el de Julio hacerlo de la misma manera. Nuestros ojos se encontraron en el reflejo de los cristales de la máscara. Todo aquello nos limitaba.
Julio fue el primero en dar el paso. Comenzó a quitarse la máscara anti-gases, mientras el final de la película transcurría.
Al ver sus hermosos ojos negros, no pude dejar pasar más tiempo. Me quité la máscara también y enlacé nuestras miradas. Aquel momento se transformaba en una bella imagen, inaudita. Frente a la pantalla, me paré de puntillas para alcanzar sus labios. Julio se inclinó para alcanzar los míos.
No sé si fue el aislamiento de los cinco años anteriores, la emoción del primer beso o el palpitar acelerado de mi corazón; pero aquel beso fue un chispazo de energía. Un dulce escalofrío que azotaba mi cuerpo de cabo a rabo, una y otra vez.
Aquella emoción no conocía el límite. Pronto la ropa también comenzó a estorbarnos. Un abrazo en desnudes, no se hizo esperar. Mi cuerpo totalmente fuera de control, se abalanzaba contra el cuerpo de Julio. Parecía como si yo fuera una persona que no hubiera comido en semanas y ahora estuviera delante de una mesa llena de manjares. Mi cuerpo pedía a gritos el contacto con su piel. A Julio le pasaba lo mismo.
Mientras los créditos finales corrían en pantalla, Julio y yo pasábamos del primer beso a nuestra primera vez en intimidad. Aun mas lejos de lo ideal, aquel era nuestro despertar como seres humanos; el despertar de cinco años de noches blancas.
Ahora entendía aquello de: “dos cuerpos siendo uno solo”.



III.


Nos quedamos un largo rato tirados en el suelo, acariciando nuestros cuerpos y mirando la pantalla en blanco.
– ¿Enfermaremos? –pregunté–. ¿Moriremos?
–No lo creo –Julio suspiró. Tomó mi mano y presionó con fuerza–. No creo que la bacteria sea real.
– ¿Entonces?
Antes de poder seguir con las suposiciones, algo me tomó por sorpresa. Una gota de agua cayó del techo a mi frente. Por un momento todo dejó de importarme. Escuché la lluvia caer en el exterior, se trataba de un llamado a mi naturaleza.
Me levanté del suelo apurada y corrí al exterior de la sala. En el pasillo había una ventana que daba a la calle principal. Observé las nubes negras, los relámpagos en el cielo y las alcantarillas inundadas.
Julio se paró detrás de mí, para observar por la ventana. Le sonreí y no le di tiempo de pensar más. Lo tomé por la mano y lo empujé a salir a la calle en plena lluvia. Ambos desnudos.
Julio parecía temeroso.
En cuanto la lluvia comenzó a empaparnos, nuestro miedo fue remplazado por alegría. Nos abrazamos en la calle, bajo la lluvia.
La gente que miraba por las ventanas no lo podía creer. Se asustaban al vernos. Los niños fueron los primeros en reaccionar, en ignorar a sus padres y salir a la lluvia, sin más protección que la de su vieja pijama o playera.
En menos de cinco minutos, las calles estaban repletas de personas que miraban el cielo y limpiaban sus ojos. Unos abrazaban a otros, reclamando aquel contacto que tanto necesitaban. Si aquello era el fin del mundo, mínimo moriríamos con gracia.
Volví a besar a Julio –Salta, valiente.



Autor: Sergio Mendoza Mendoza.

(Referencia a: “Los amantes del círculo Polar” de Julio Medem.)

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Autor: Sergio Mendoza Mendoza.
Editorial: Nemira
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Sinopsis
Una mañana Josefa Luna, madre de Eliot, es encontrada muerta y los preparativos para el funeral comienzan sin mayor relevancia. La muerte de Josefa trae de regreso a México a su hija mayor: Montserrat, la cual había vivido en el extranjero desde que era una niña. Al encontrarse con su hermana, Eliot comienza a sentir atracción por ella, una atracción que se ve frustrada cuando Montserrat le presenta a su prometido Edmond.
Eliot aprovechará su condición enfermiza para retener a Montserrat y a Edmond en México, lo cual cambia drásticamente los planes de la joven, teniendo que realizar todos los preparativos para su boda en su ciudad natal. Eliot se plantea la meta de arruinart odos lo relacionado a la boda, tomando en cuenta que sólo tiene 6 meses antes del esperado día de la ceremonia.
El Malestar: el oscuro sueño de Eliot es el inicio del viaje a la mente de un joven cuya única prioridad es su propio bienestar. Todo lo que lo rodea es un juego donde él es el único capacitado para tirar los dados y mover las fichas a su antojo.
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